En la mayoría de las familias, el hogar es un lugar de seguridad, pero para muchas personas, ese espacio que debería proteger se convierte en el escenario de miedo, humillación y violencia. El abuso dentro de familias disfuncionales —ya sea físico, emocional o sexual— no se queda en “malos recuerdos”: literalmente moldea el cerebro y reprograma el sistema nervioso.
Investigaciones de expertos como Bessel van der Kolk, Janina Fisher y Judith Lewis Herman han demostrado que el trauma complejo, no es solo una experiencia emocional: es un cambio profundo en cómo funcionan nuestras neuronas, hormonas y circuitos cerebrales.
1. El cuerpo en alerta permanente
Cuando un niño crece con gritos, amenazas o violencia física, su sistema nervioso aprende que el peligro es constante.
El sistema nervioso simpático —encargado de activar la respuesta de lucha o huida— se enciende una y otra vez, liberando hormonas como el cortisol y la adrenalina. Mientras tanto, el sistema parasimpático, que permite relajarse y reparar el organismo, queda en segundo plano.
Ejemplo: Un niño que vive con un padre impredecible puede tensar sus músculos y contener la respiración cada vez que escucha la puerta abrirse. Aunque no haya peligro en ese momento, su cuerpo reacciona como si estuviera a punto de ser golpeado.
Van der Kolk (2014) señala que este patrón repetido altera el eje hipotalámico-pituitario-adrenal (HPA), dejando al organismo en un estado de hipervigilancia crónica que, en la vida adulta, se traduce en ansiedad persistente, insomnio y problemas digestivos.
2. Cambios en el cerebro
El abuso repetido en la infancia afecta estructuras cerebrales esenciales:
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Amígdala: se vuelve hiperreactiva, detectando amenazas incluso donde no las hay. Esto explica por qué sobrevivientes de abuso reaccionan con pánico a ruidos fuertes o gestos bruscos.
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Hipocampo: puede reducir su volumen, afectando la memoria y dificultando diferenciar entre peligro real y recuerdos dolorosos. Esto puede provocar flashbacks que se sienten tan reales como en el momento traumático original.
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Corteza prefrontal medial: su actividad disminuye, lo que afecta la capacidad de tomar decisiones calmadas o pensar con claridad bajo estrés (Fisher, 2017).
Ejemplo: Una mujer que fue criticada y ridiculizada de niña, puede quedarse en blanco en una reunión laboral cuando su jefe la interrumpe bruscamente, aunque no esté en peligro real, su cerebro revive el pasado y apaga su pensamiento racional.
3. La disociación como refugio
Janina Fisher (2017) describe la disociación como una “desconexión protectora”. El niño, incapaz de escapar físicamente, aprende a escapar mentalmente: no sentir el cuerpo, mirar “desde fuera”, o perder la noción del tiempo, son síntomas de disociación.
Ejemplo: Un adolescente que sufrió abuso verbal, puede no recordar la mayor parte de las discusiones familiares, como si hubiera “apagado” la grabadora interna. En realidad, su cerebro desconectó ciertas redes para evitar sentir el dolor emocional.
Este mecanismo protege en el momento, pero en la adultez dificulta la conexión emocional y provoca una sensación constante de irrealidad o vacío.
4. La memoria corporal del trauma
Judith Herman (1992) y Van der Kolk coinciden: el trauma no solo vive en la mente, también en el cuerpo.
Tensión muscular crónica, dolores inexplicables, problemas gastrointestinales y patrones de respiración alterados, son formas en que el cuerpo recuerda.
Ejemplo: Un hombre que sufrió abuso físico de niño, puede encogerse involuntariamente cuando alguien levanta la mano cerca, incluso si solo es para saludar. Su sistema nervioso responde antes de que él piense en lo que está sucediendo en realidad.
5. La esperanza: el cerebro puede sanar
La neuroplasticidad —la capacidad del cerebro para reorganizarse— significa que estas huellas no son una condena definitiva. Terapias que integran cuerpo y mente, como EMDR, terapia somática, o terapia de partes internas, ayudan a “enseñar” al sistema nervioso que ya no está en peligro.
La recuperación implica trabajar no solo con los recuerdos, sino también con las sensaciones físicas y las reacciones automáticas.
Conclusiones
El maltrato familiar no es solo una experiencia psicológica traumática, sino un evento biológico que marca el organismo entero: el cerebro se reorganiza, el cuerpo se somatiza, las conexiones emocionales se fracturan. Por ello, la intervención debe operar en varios niveles: relacional, psicológico, corporal y neuro-biológico.
Al comprender cómo el trauma actúa, podemos ofrecer intervenciones más eficaces, prevenir nuevas generaciones de sufrimiento y promover entornos de curación, reparación y crecimiento. No estamos condenados a las huellas del pasado: hay rutas de sanación, de reconstrucción de redes neurológicas y de vida con sentido.
Referencias
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Fisher, J. (2017). Sanando los yoes fragmentados de los supervivientes de trauma. Routledge.
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Herman, J. L. (1992). Trauma y recuperación. Basic Books.
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Van der Kolk, B. (2014). El cuerpo lleva la cuenta: cerebro, mente y cuerpo en la sanación del trauma. Viking